Por Lydia Cacho
Franz, un amigo de origen sueco que llegó a nuestro país un noviembre hace cinco años, me asegura que lo que más le impresiona de la cultura mexicana es la mezcla de alegría y morbo con que celebramos la muerte. Me dejó pensando, ¿morbo? No lo creo. ¿Alegría?, ciertamente. Le pregunté a cuántos muertos ha visto en sus 47 años. Resulta que a ninguno. Sus abuelos se murieron pero no lo llevaron al entierro por que era un niño. Yo en cambio, sí tengo una historia.
El primer muerto que vi era el General del Ejército que vivía en el departamento número 102 de la calle Donatello, en la colonia Mixcoac. Yo vivía en el 104 y el señor, que me parecía un anciano, tenía 60 años. A su esposa “la señora Anita” yo la adoraba. Recuerdo clarito que llegaba yo de la escuela a los 10 años, nomás abrir la puerta hacia la escalera me topé con unos señores malencarados cargando una camilla cubierta por una lona plástica color verde militar. Flaquita que estaba yo, me quede atrapada contra la pared y la camilla inclinada con el bulto ¿Qué traen allí? Les pregunté en mi incipiente curiosidad periodística. Un muerto, dijo el que iba en el lado superior, y de tajo le bajo tantito al cierre. Yo, contrario a lo que seguramente esperaba el funerario, me asomé sólo para descubrir el rostro palidísimo del militar. ¡Ah! Recuerdo que dije, y subí corriendo preguntándome si tendría algo de malo ver un cadáver a mi edad. Tenía la impresión de que algún mal causaría estar cerca de un difunto en la infancia. Más tarde entendí que son mucho más peligrosos algunos militares vivos que fenecidos.
En secundaria, mi mejor amigo Carlos Aguilar, decidió quitarse la vida, De su fallecimiento recuerdo una suerte de evento rockero y triste en el campo de deportes del Colegio Madrid, donde se callaba el tema del suicidio.
Luego un ex galán muy hippie que se llamaba Juan Sisniega se fue a morir en un accidente y con él nació mi primera tragedia amorosa. A los 17 la muerte me agarró con otro militar: mi abuelo paterno, que se fue a morir afianzado de mi mano como si fuera la vida misma, y diciendo quién sabe que cosas. Lo lloré muchísimo, de amor y de susto.
Hace unos años, como en cascada, se fue mi abuela materna a quien amaba como una maestra de la vida, ella me enseñó a cocinar, a entender la justicia y a saber que no se vive igual en México que en Francia o en África negra. Poco después mi abuelo Zeca, un portugués amoroso y jovial se fue tras ella seguro de amarla en “la vida después de la vida” en que él creía fervientemente. En estos años he visto morir a mucha gente en Cancún, a niños y jóvenes con VIH sida y a sus madres. Lo cierto es que le perdí el miedo a la muerte y por eso aprendí a amar más a la vida.
Hace unos años despedí a mi madre, quien le dio una batalla campal a la Parca durante tres años. De ella heredé la necedad para enfrentar el destino manifiesto.
En Quintana Roo, cada principio de noviembre, la gente celebra a sus muertos y muertas, ofrece bebidas de balché, mucbilpollo y tamales. Arropan de cempazuchil e incienso las tumbas y las mesas. En maya le llaman Hanal Pixan. Yo nunca he visitado la tumba de mi madre que yace junto a su mamá en un mausoleo del DF. A mis muertos y muertas les gozo diariamente, les brindo seguido un tequila o un mezcal, les honro con su alegría y sus fados portugueses, les veo en las fotos enmarcadas por toda mi casa. Les canto y hablo como si estuvieran a mi lado. También les pido consejo y bendición en momentos difíciles; les llevo en el alma y en mis gestos, en el gozo de la vida, en la certeza del recuerdo. Pienso en la frase favorita de mi abuela Marie Rose: “en vida, hermana, en vida” y entiendo el privilegio de haber sido criada sin miedo a la muerte, con amor a la vida, propia y ajena. Eso sí, me queda claro que siempre es mejor dar y recibir flores y amores estando en este mundo, que esperar a la muerte. Y tú ¿honras a tus muertitos?
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