DAMMIEL MORA MINI-GIRA LITERARIA INMORALISTA 2009.
DAMMIEL MORA MINI-GIRA LITERARIA INMORALISTA 2009.
JUEVES 24 DE SEPTIEMBRE, 8:30 PM, LA CASA DEL MEZQUITE, ALDAMA 22, ATEMAJAC DEL VALLE, ZAPOPAN JAL, ENTRADA LIBRE.
Por Dammiel Mora
Alejandro, mi compañero de vida de los últimos 4 años, y yo, nos vimos este domingo pasado en alguna calle del centro de mi ciudad, Guadalajara, para pasar la tarde juntos, quedamos de vernos a las 2:30 pm a una cuadra del santuario, pero mi romeo de rizos engomados llegó medía hora después, (Ale nunca se ha caracterizado por su puntualidad de caballero inglés), después de aventarle a la jeta un largo reclamo, nos dimos el acostumbrado beso de piquito y nos tomamos de la mano, caminamos hacia el mercado corona platicándonos las novedades semanales de nuestros trabajos…en el mercado corona nos comimos 2 tortotas de pierna dorada, (aquí a ese tipo de tortas que son grandotas y de pierna les llaman “tortas locas”), y seguimos caminando las calles del centro como desde hace cuatro años, cuando nos conocimos: dándonos largos besos, mirando aparadores, haciéndonos bromas…después nos metimos a un bar y nos bebimos una cubeta de coronas frías, Ale me tomaba fotos con su celular nuevo, yo le tomaba fotos a él con el celular que me acaba de regalar, comimos 6 platos de palomitas con chile, y yo me pasé la tarde quejándome de que en esos bares parece que no conocen otra música para ambientar que no sea de banda, (y que me perdonen los banderos, pero es que para empezar: a mi eso no me parece música), en ese momento comenzó a sonar “tu de que vas” de Franco de Vita, (la canción de nuestro amor), y los 2 guardamos silencio, y nos miramos a los ojos adivinando ambos lo que sentimos cuando comenzó esa canción…sentimos que nos encontramos hace 4 años, que nos hicimos novios precipitadamente, que más precipitado fue irnos a vivir juntos de inmediato, luego nos casamos, y vinieron meses de no terminar de acoplarnos, meses de darnos cuenta que éramos completamente opuestos, meses de compartir un amor intenso lleno de gritos, besos, riñas, escándalos, ofensas, violencias, abrazos, te odios y te amos sin final…3 años compartimos techo y cama, yo le tenía el departamento limpio, su ropa perfumada y la comida lista cada día, dormíamos abrazados, tuvimos 2 mascotas, 2 gatos que fueron nuestros hijos amados…y hace un año ese apasionado amor de intensos altibajos llegó a su limite de paciencia, y nos mandamos categóricamente a la chingada…y la separación fue igual que todo en nuestra historia: precipitada, Ale tuvo sus romances lejos de mi, y yo me consolé esperando rehacer mi vida con mi gran amor de hace 8 años…al final tanto los intentos de Alejandro como los míos por ser felices separados: fracasaron, una tarde nos vimos, hicimos memorias, reímos, lloramos…volvimos…y las broncas no han terminado, a fin de cuentas Ale y yo seguimos siendo completamente distintos, pero ahora somos más pacientes, más tolerantes, menos egoístas…no hemos vuelto a vivir juntos, aún estamos temerosos de reiniciar aquel paraíso-infierno en que vivíamos, Alejandro nunca ha aceptado mi personalidad de escritora, ama a la mujer detrás de mi alter ego, pero odia todo lo que representa Dammiel Mora, no le gusta que intensa y desgarradoramente escriba de mis ex amores, es un hombre muy celoso, me ha tomado años imponerme y hacerle entender que mi libertad creativa no está a discusión y es un terreno sagrado en el cuál no le permito opinar ni decidir cosa alguna…a Alejandro no le ha quedado más que aceptarlo resignadamente, de igual forma yo ahora soy más tolerante con cuestiones de su personalidad que durante nuestro matrimonio no le aguantaba…en este último año vivimos una tormenta que casi destruyó nuestra relación para siempre…y finalmente volvimos a sacar a flote nuestro barco…nos vemos 4 veces por semana, 3 en algún restaurante o bar, donde reímos, bebemos, comemos, y los domingos nos vemos desde temprano en su casa, le cocino lo que le gusta comer, vemos la tv abrazados, hacemos el amor tranquilamente, los fantasmas del pasado no los tocamos, no hablamos de lo que nos hace daño, no nos hacemos reproches, este año ambos estuvimos muy enfermos: yo con mis crisis de ansiedad y él tuvo principios de apendicitis, él me cuido en mi enfermedad y yo en la suya…nos apoyamos como la pareja que a pesar de cualquier cosa: somos desde hace 4 años…el lazo entonces se reforzó más que nunca, pude ver el domingo pasado, que Ale me mira con un amor con el que ningún hombre me ha mirado jamás…mi escritor favorito, Ricardo Garibay, escribió un libro soberbio, una novela hermosa llamada “el joven aquél”, que trata sobre el amor de su vida, una mujer que conoció siendo un adolescente en la escuela, con la que vivió un gran amor, y que nunca, hasta su muerte: pudo olvidar, esta mujer se llamaba Nadia, pero Garibay se casó con Minerva, y esta mujer supo respetar su obra sin entrometerse en ella, por eso Garibay nunca escribía sobre ella, su esposa no quería ser musa, ni que los lectores de Garibay hablaran de ella, ella se mantuvo dignamente en el lugar que tuvo: el de esposa y compañera del escritor…y duraron juntos décadas, hasta la muerte de Garibay. De igual manera yo rara vez escribo sobre Alejandro, pero el mundo entero sabe que él es mi pareja, mi compañero de vida, mi cómplice de locuras, mi mano derecha, mi aliento…yo escribo de mis cosas cotidianas, de las injusticias que veo en el mundo que me rodea, escribo sobre mi familia y sobre algún amor, el más intenso de mi pasado…pero cuando me enfermo o necesito una mano: la que me sostiene es la de Alejandro, la luz que veo en total oscuridad: son sus ojos…que han sido para mi faros, los últimos 4 años de mi vida…yo no sé cuanto tiempo estemos juntos, no sé si algún día tomaremos rumbos distintos de nuevo y esta vez para siempre, lo que sé es que Alejandro ya se ganó su lugar en mi alma, y que el hombre con el que camino diariamente de la mano en la actualidad: es él…esa tarde salimos del bar y caminamos Pedro Loza para despedirnos nuevamente en el santuario, en el camino le tomamos fotos a casas antiguas, (porque a Ale y a mi nos gusta mucho la arquitectura colonial y las casas viejas del centro), las cervezas consumidas nos hicieron decirnos 7 veces “te amo” en cada esquina, y nos fuimos cada uno a su casa con la sensación grata de haber compartido la tarde con alguien que ha estado con nosotros en las buenas y en las malas, en lo prospero y en lo adverso, tal vez a futuro para todos los días de nuestras vidas…¿necesitamos volver a casarnos para reafirmarlo?...¿necesitamos volver a vivir juntos para arriesgarnos a enfrentar nuestras diferencias y volver a darle en la madre a nuestro amor?...por el momento: no. Por el momento estamos juntos, vivimos el aquí y ahora, el hoy inmediato, y si no compartimos un techo, no importa, el centro siempre ha sido nuestra casa, y Ale, esto es para ti, que lo oiga el mundo y lo escuche Dios: yo he sido tan feliz contigo!!!
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El viaje de Natasha no tiene fin…
(Fragmento)
Cuando mi mujer se lanza
En erótico clavado
Desde el trampolín
Del cielo
Se sumerge desnuda
En la piscina de mi ser
Alucinado
Pero…
Nunca puede llevar
Su cálido cuerpo
De sirena noctámbula
Hasta las aguas turbulentas
Verdes
Fangosas
Negras
Que almacena mi corazón
Es mi bella dama azul
Una vampiresa ebria
Que recorre los bares
Nocturnos
Sórdidos
De la ciudad
De mi cuerpo
En busca perpetua
De mi sangre
Toda
Para beberla hasta
La última gota
Ella llora tequila añejo
Las frías noches
De invierno
Mientras mira la negrura
Del cielo
Donde sus ojos cansados
Azules
Verdes
Localizan mi rostro tatuado
En la bóveda celeste
Mi chica tiene las venas
Llenas de hachís
(Ensueño sagrado)
Que al abrazarme
Me llena de ensueños
Todo
Hasta convertirme
En una sombra eterna
Lejana
En busca angustiosa
Del fuego explosivo
De su cuerpo
Donde el rocío es lava
Esperándome
Diario
Para bañarme de locura
Toda una vida…
(El seis)
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POR GUILLERMO FADANELLI
La mañana del sábado siete de enero me levanté maldiciendo al mundo. Eso es lo que hago todas las mañanas, maldecir al mundo por abrir los ojos y encontrarme de nuevo conmigo mismo. Qué bueno que no tengo un perro porque le patearía el culo todas las mañanas. Pero tengo una mujer. Así que para evitar violencias absurdas me visto en silencio, me calzo los zapatos y salgo a la calle. ¿Qué día es hoy?, me pregunto, es justo la mañana del siete de enero. Pienso en la noche anterior, en los amigos que me acompañaron en la juerga estúpida. Aún tengo cocaína en los bolsillos, un gramo que a estas horas de la mañana me parece una tonelada. ¿Por qué carajos no lo consumí todo anoche? Ahora tengo que comenzar de nuevo.
Camino por avenida Revolución buscando la única cantina que está abierta. Entro. Pido una cerveza tan fría como la vagina de un tiranosaurio, o el culo de un miserable, o los pies de todas las mujeres muertas. El mesero no me ve a los ojos, pero sabe que estoy tratando de recuperar el juicio. Intento recordar lo que sucedió anoche, reunir los pedazos, ver entre la niebla química los rostros que me acompañaron, pero me es imposible reconocerlos; varias noches se despeñan dentro de mi cabeza confundiéndose entre sí, haciéndome sentir un minusválido. Después de todo no es tan malo, ¿para qué quiero recuperar una mente que siempre ha estado a la deriva? Formo una línea sobre la mesa, nadie me ve, el cantinero me da la espalda, el mesero armado de una escoba desvencijada empuja una mancha de agua hacia la calle. Un línea para que la memoria transforme su cuerpo de elefante en la silueta de una bailarina. Nada. La cabeza es una mina que estallará sin que nadie la detone. Mi nariz sangra en sentido contrario porque percibo un líquido tibio recorriendo mi garganta, escapando hacia el estómago: ¡Tengo un estómago! Ahora lo recuerdo: estuve en una recámara con varias personas, mujeres casi todas. También había un perro blanco que nos miraba con una extraña simpatía. Llamamos a un díler que tocó a la puerta justo a las dos de la mañana. Compramos dos gramos. El díler se fue a un rincón donde se acomodó a sus anchas. En seguida sus ronquidos colmaron la recámara. Alguien le puso encima una cobija. Lo despertamos para que volviera a pertrecharnos. Lo hizo y de inmediato volvió a sumirse en sus sueños indeseables. Comenzaba a amanecer, pero las cortinas estaban de nuestra parte. Hurgamos en nuestros bolsillos. Reunimos ochenta pesos con cincuenta centavos. Cuando nuestro huésped se dio cuenta de que no teníamos más dinero se levantó, nos tendió la mano, miró las paredes tratando de valuar los cuadros y se marchó. No encontró una sola pintura que valiera lo que un gramo. ¿Entonces qué hago ahora yo con un papel en la bolsa? Los recuerdos han vuelto a cambiar los platos de la mesa. Busco un celular, lo he perdido, como siempre en las madrugadas cuando uno quiere tirar todo a la basura, aligerarse, correr detrás de todas las mujeres que, como si nada, esbozan sus sonrisas insensatas. Abandono mi mesa para ir en busca de un teléfono. Llamo a Amanda.
¿Qué sucedió anoche?
-Te largaste sin avisar, como siempre.
-¿Dónde estuvimos?
-En mi casa.
-No recuerdo demasiado. Dime si me comporté como una persona decente.
-Por favor, Guillermo, ve a contarle tus penas a un sacerdote.
-¿Qué haces?
-Nada, seguimos en la fiesta. Te esperamos.
-¿Siguen allí?
-No importa que la gente sea viciosa, mientras sea inteligente.
-No te justifiques conmigo, no soy sacerdote y tu padre está muerto.
Vuelvo a mi mesa, la cerveza no está, el mesero me dice pensamos que te habías ido, no tenían muchas esperanzas de que les pagara, le extiendo un billete de doscientos pesos que he obtenido de un cajero automático, esto para que no piensen que soy un desgraciado, y si lo piensan que disimulen, malditos hijos de puta. Ahora tengo un dilema, quedarme toda la tarde en la cantina o compartir la cocaína con mis amigos. Continuar hasta el otro día o hacer de mis narices una mina de sal, escuchar confesiones estúpidas o quedarme solo a esperar que el tiempo decida por sí mismo. Puedo llamar a una de mis amigas. ¿Para qué? Todas las perras tienen su vida privada y yo no soy más que su cocaína. Ahora no pueden consumirme porque están chupando el pito de sus pequeños hombres. Nadie quiere consumirme a las dos de la tarde. Mi mujer está en sus clases de baile. Odia mi olor a noche pérdida, mi aspecto de borracho estúpido. Tengo que ahorrarle mi presencia, único obsequio que puedo ofrecer a las personas que quiero. El mesero balbucea una frase que no entiendo, ¿qué quiere? El vicioso quiere una línea, lo que sea mi voluntad, sólo si me sobra un poco, por supuesto, ve a buscarla al baño en un minuto, me levanto, ahora soy el mesías que la clase trabajadora esperaba, vuelvo, el mesero sonríe, ahora es mi cómplice. Mi cuerpo es un costal de piedras, la cocaína sirve para echar unas cuantas piedras fuera, pero no es suficiente, necesito contarle al mesero que soy escritor, que me publicarán pronto dos nuevas novelas, que mi revista continúa flotando sobre el pantano, que vendo mis artículos al mejor postor, que mis amigos se han ido casi todos al carajo, que me vale madres la patria, que mi mejor amigo es el que me invita la siguiente línea, pero el efecto ha pasado y prefiero mantenerme en silencio, como debe hacerlo cualquiera que respete los sábados sombríos. ¿Dónde habrá quedado la anforita de plata que me trajo Joshua de Los Ángeles? La he perdido, como todo, como los libros, el dinero, los discos, mis lentes oscuros, el auto, me deprimo, pero con una línea basta para comenzar una conversación con el mesero. Quiere otra línea, hijo de puta, pero antes me tendrás que escuchar: ¿Alguna vez has tenido frente a ti a un escritor?
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Por Lydia Cacho
Franz, un amigo de origen sueco que llegó a nuestro país un noviembre hace cinco años, me asegura que lo que más le impresiona de la cultura mexicana es la mezcla de alegría y morbo con que celebramos la muerte. Me dejó pensando, ¿morbo? No lo creo. ¿Alegría?, ciertamente. Le pregunté a cuántos muertos ha visto en sus 47 años. Resulta que a ninguno. Sus abuelos se murieron pero no lo llevaron al entierro por que era un niño. Yo en cambio, sí tengo una historia.
El primer muerto que vi era el General del Ejército que vivía en el departamento número 102 de la calle Donatello, en la colonia Mixcoac. Yo vivía en el 104 y el señor, que me parecía un anciano, tenía 60 años. A su esposa “la señora Anita” yo la adoraba. Recuerdo clarito que llegaba yo de la escuela a los 10 años, nomás abrir la puerta hacia la escalera me topé con unos señores malencarados cargando una camilla cubierta por una lona plástica color verde militar. Flaquita que estaba yo, me quede atrapada contra la pared y la camilla inclinada con el bulto ¿Qué traen allí? Les pregunté en mi incipiente curiosidad periodística. Un muerto, dijo el que iba en el lado superior, y de tajo le bajo tantito al cierre. Yo, contrario a lo que seguramente esperaba el funerario, me asomé sólo para descubrir el rostro palidísimo del militar. ¡Ah! Recuerdo que dije, y subí corriendo preguntándome si tendría algo de malo ver un cadáver a mi edad. Tenía la impresión de que algún mal causaría estar cerca de un difunto en la infancia. Más tarde entendí que son mucho más peligrosos algunos militares vivos que fenecidos.
En secundaria, mi mejor amigo Carlos Aguilar, decidió quitarse la vida, De su fallecimiento recuerdo una suerte de evento rockero y triste en el campo de deportes del Colegio Madrid, donde se callaba el tema del suicidio.
Luego un ex galán muy hippie que se llamaba Juan Sisniega se fue a morir en un accidente y con él nació mi primera tragedia amorosa. A los 17 la muerte me agarró con otro militar: mi abuelo paterno, que se fue a morir afianzado de mi mano como si fuera la vida misma, y diciendo quién sabe que cosas. Lo lloré muchísimo, de amor y de susto.
Hace unos años, como en cascada, se fue mi abuela materna a quien amaba como una maestra de la vida, ella me enseñó a cocinar, a entender la justicia y a saber que no se vive igual en México que en Francia o en África negra. Poco después mi abuelo Zeca, un portugués amoroso y jovial se fue tras ella seguro de amarla en “la vida después de la vida” en que él creía fervientemente. En estos años he visto morir a mucha gente en Cancún, a niños y jóvenes con VIH sida y a sus madres. Lo cierto es que le perdí el miedo a la muerte y por eso aprendí a amar más a la vida.
Hace unos años despedí a mi madre, quien le dio una batalla campal a la Parca durante tres años. De ella heredé la necedad para enfrentar el destino manifiesto.
En Quintana Roo, cada principio de noviembre, la gente celebra a sus muertos y muertas, ofrece bebidas de balché, mucbilpollo y tamales. Arropan de cempazuchil e incienso las tumbas y las mesas. En maya le llaman Hanal Pixan. Yo nunca he visitado la tumba de mi madre que yace junto a su mamá en un mausoleo del DF. A mis muertos y muertas les gozo diariamente, les brindo seguido un tequila o un mezcal, les honro con su alegría y sus fados portugueses, les veo en las fotos enmarcadas por toda mi casa. Les canto y hablo como si estuvieran a mi lado. También les pido consejo y bendición en momentos difíciles; les llevo en el alma y en mis gestos, en el gozo de la vida, en la certeza del recuerdo. Pienso en la frase favorita de mi abuela Marie Rose: “en vida, hermana, en vida” y entiendo el privilegio de haber sido criada sin miedo a la muerte, con amor a la vida, propia y ajena. Eso sí, me queda claro que siempre es mejor dar y recibir flores y amores estando en este mundo, que esperar a la muerte. Y tú ¿honras a tus muertitos?
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Un día te encontré,, ahí sentada a mi lado
con tu sonrisa mágica de niña traviesa,,
con tus grandes ojos,, profundos y hermosos,,
con tu bata blanca,, pura y misteriosa,,,
Ahí estabas,, soledad,, a mi lado,,
"te esperaba querido amigo"
solo sonreí con ternura,,
sabía que mi tiempo ya era suyo,,
"Quizás sientas frió",, me indicó ella,,
"pero yo te cubro,, en mi calor,,"
"en el calor de tus recuerdos,,"
me senté y la abracé....
Quise llorar,, no se porqué,,
pero me tomó la barbilla,,
"no,,no hagas eso,, la soledad no es mala,,"
"es una gran amiga que siempre te acompaña"
"cuando eras niño, ahí estaba,,,
en las noches de temor,, te apoyaba,,
en tu adolescencia,, fui tuya,,
y en tu madures,, rehuí de ti un tiempo"
"hoy nos encontramos de nuevo,,
tomados de la mano,, caminando juntos,,
es tiempo de reflexión querido amigo,,
aprovechame antes de que parta"
De pronto,, vinieron a mi,, todos los recuerdos,,
algunos hermosos,, otros bellos,,,
otros crueles,, y otros muy tristes,,
y ella junto a mi,,, observandome,,,
Por fin,, brotó una lágrima,,,
ella la limpio con su boca,,,
de pronto sentí un sollozo,,,
mi soledad también lloraba,,,
La tomé de la cintura,,
y puso su cabeza en mi hombro,,
ahí sentado,, en silencio,,,
mi soledad,,, me acompañaba,,
no estaba solo,,,
Alan Ponce
http://elarroyodeponce.blogspot.com/2007/07/soledad-un-dia-te-enc...